Paola Gutiérrez: divorcio y su impacto en niñ@s y adolescentes

El divorcio es la disolución del vínculo matrimonial entre los cónyuges por cualquiera de las modalidades establecidas en la legislación civil de nuestro Estado, llámese voluntario, necesario, administrativo o por el recién legislado, divorcio incausado.

El impacto que el divorcio produce en las niñas, niños y adolescentes, generalmente es negativo y con efectos diversos, dependiendo de la edad que tengan los hijos producto del matrimonio, así como del género de éstos. Cuando una pareja se separa y los hijos tienen conocimiento real del divorcio de sus padres, los niños no saben diferenciar entre uno y otro tipo de divorcio, únicamente saben que el divorcio implicará la desintegración de su familia o por lo menos que ya no será de la forma en que ellos hasta ese momento la concebían, sintiéndose en ocasiones los causantes del conflicto que provocó la separación de sus padres y, como consecuencia, sienten que además de perder la presencia de éstos, también perderán su amor.

Aunado al impacto negativo inmediato que sufre un hijo con el divorcio de sus progenitores, los efectos también son progresivos, pues el divorcio suele intensificar la dependencia del niño o niña y cuando éste llega a la edad de la adolescencia, acelera su independencia; es decir, intensifica respuestas regresivas, avanzando el efecto negativo hacia respuestas precipitadas al llegar a la adolescencia. Lo anterior, en virtud de que la niña y el niño tienden a retrotraerse de realizar conductas aprendidas que ya dominaban en su vida diaria, como comer, bañarse, dormir solos e inclusive ir al baño, aunado a que se vuelven inseguros y distraídos, en su búsqueda de medios o formas para llamar la atención de sus padres y sentirse amados. También, ante la ilusión de que sus padres puedan volver a unirse, observan actitudes de presión o realizan conductas de chantaje hacia alguno de ellos para que se reconcilien; sin embargo, muchas veces eso sólo empeora la comunicación entre los padres divorciados y los hijos finalmente empiezan a experimentar sentimientos de fracaso.

En el caso de los adolescentes con padres divorciados, los efectos son diferentes, ya que ante el resentimiento que tienen hacia sus padres por haberse divorciado, aceleran su proceso de independencia pero adoptando conductas de rebeldía con las que encuentran satisfacción al contrariar en todo momento las órdenes que de ellos reciben, y en muchas ocasiones tiende a abusar del alcohol y las drogas, además de que a temprana edad se vuelven sexualmente activos. Lo más lamentable es que presentan sentimientos de miedo, soledad, culpabilidad y depresión; a grado tal, que con el paso del tiempo se sienten incapaces de mantener una relación amorosa o de casarse para formar una familia propia.

A diferencia de los hijos que se desarrollan dentro de una familia unida y funcional; las niñas, niños y adolescentes que viven la separación de sus padres, se vuelven más susceptibles de contraer enfermedades físicas, ya que, derivado de la afectación que esta situación causa a su estado anímico, así como la sensibilidad en su estado emocional, el efecto inmediato y evidente se da en su sistema inmunológico, provocando casos de depresión que tienden a agravarse hasta culminar en suicidios; ante la pérdida traumática que para los hijos es el divorcio de sus padres.

Lo anteriormente expuesto debe ser un tema de especial atención, pues con el paso de los años, en México ha incrementado de manera preocupante el número de divorcios, ya que según datos que reporta el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en el año 2010, de cada 100 matrimonios se registraron 15 divorcios y en el año 2013 esta cifra incrementó a 19 divorcios.

En el caso de nuestro Estado, hasta el año 2013 se ubicaba como una de las entidades con menor número de divorcios; sin embargo, año con año, éstos han incrementado, siendo las causas principales: la falta de comunicación entre la pareja, la infidelidad, la violencia de uno de los cónyuges hacia el otro y los problemas económicos.

Debemos reconocer que el empoderamiento de la mujer en los últimos años, ha generado incremento en el número de divorcios asociados a una educación machista y patriarcal, en la que los esfuerzos no se han enfocado en reeducar a los varones, para hacerlos más conscientes de la emancipación y del empoderamiento de la mujer, de la importancia de su educación profesional para el acceso a mejores fuentes de trabajo y del reconocimiento social de una igualdad de derechos frente al hombre. Por citar una estadística, del año 2000 al 2011, en nuestro Estado el número de matrimonios disminuyó en 9.1% y el de divorcios incrementó en 16.8%, según reporte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Asimismo, en 2011 se registraron 21,092 matrimonios, es decir, se celebraron 5.9 matrimonios por cada 1,000 habitantes y en esa misma fecha, se registraron 570 divorcios, es decir, por cada 100 enlaces matrimoniales se dieron 3 divorcios.

Ante este notorio incremento de casos de divorcios en nuestro Estado y el grave impacto que como abogadas observamos que éstos producen en las niñas, niños y adolescentes; no es suficiente que dentro de un proceso judicial de divorcio sólo se brinden terapias psicológicas a los hijos y a los padres. Consideramos indispensable que las instituciones que se encuentran en coordinación con los tribunales judiciales del orden familiar, como la Procuraduría para la Defensa del Menor, la Mujer y la Familia, y el Sistema de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), implementen programas de atención integral y oportuna dirigida especialmente a las niñas, niños y adolescentes que se encuentran viviendo el proceso de divorcio de sus padres, para que los especialistas en orientación familiar (psicólogos, trabajadores sociales y pedagogos), los ayuden a lograr un mejor entendimiento y comprensión del proceso en el que se encuentran inmersos, así como a desarrollar su capacidad de adaptación a esa nueva forma de vida donde ya no estarán juntos ambos padres. Esto, con la finalidad de que se les brinde atención oportuna y adecuada desde el momento en que los padres decidan divorciarse y no esperar hasta que exista un grado de afectación en los hijos, pues lo que hay que evitar es precisamente el impacto negativo que produce en ellos la desintegración del núcleo familiar, así como la afectación psicológica y emocional y, por ende, las secuelas a lo largo de su vida.

La educación en materia familiar, como una política pública de nuestro Estado, donde se prevean los posibles problemas jurídicos, sociales y emocionales que podrían enfrentar nuestros futuros ciudadanos, ante el divorcio de sus padres; es la herramienta necesaria para el éxito de su gobierno.

ARTÍCULO: PAOLA GUTIERREZ GALINDO, DIPUTADA LOCAL POR EL PRD, AMIRA VANESSA PINEDA MATUS Y CECILIA ROMUALDO MARTÍNEZ.

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