Militancia: ¿error o ventaja? por Armando Reyes Vigueras

La militancia de diversos personajes ha salido a relucir en fechas recientes. Ejemplos como el de John Ackerman o el de Rosario Piedra, han generado un debate, aunque en el pasado se tuvo a otros integrantes de órganos autónomos que también tuvieron una cercanía partidista y, más tarde, llegaron a ser hasta candidatos, como Santiago Creel. La pregunta es porqué ahora se escandalizan algunos.
Ser o no ser
Ser militante de un partido político en México es algo complicado. Y no sólo por los requisitos a cumplir, sino por los efectos que esto tiene en cuestiones como credibilidad o idoneidad para ocupar un cargo en el gobierno.
Para nadie es un secreto que ser militante del partido que ha ganado una elección, abre las puertas para ser contratado en la administración pública.
Eso ha sido así desde hace décadas, y ahora una parte de la sociedad –que no es parte de esta costumbre–, cuestiona este tipo de cosas.
Pero veamos, ¿qué tan válido es esto?
Felipe Calderón formó su gabinete con leales, muchos de ellos con credencial de panista, y ahora López Obrador hace lo mismo, pero con militantes o simpatizantes de Morena.
Hay varios aspectos que se deben analizar en este escenario, pues nuestros gobernantes eligen a quienes están más cerca de ellos –sean militantes, amigos o familiares– y no a verdaderos especialistas para ocupar un puesto en sus respectivos gobierno, sin importar los resultados que obtengan.
Pemex es un claro ejemplo de los efectos de esta manera de formar equipos en el gobierno, como ha ocurrido con el caso de Emilio Lozoya, en el sexenio pasado, y Octavio Romero Oropeza en el actual.
Ahora mismo, otro debate se está dando por la presencia de John Ackerman y la posibilidad de que pase a formar parte del INE, gracias no a su capacidad académica –que sí la tiene–, sino por ser uno de los cercanos a López Obrador.
Así, el modelo que promueve más el amiguismo que la capacidad –y que es responsable de los malos resultados que han tenido los últimos gobiernos–, no cambia por la llegada de un nuevo partido al poder.
¿Qué puede hacer la ciudadanía ante esto? En realidad, muy poca cosas, pues en una campaña electoral los candidatos prometen que ofrecerán los mejores equipos de trabajo, incluso adelantan algunos nombres para atraer a los pocos electores indecisos que quedan, pero una vez en el cargo la prioridad es acomodar a los militantes de su partido en el aparato de gobierno, sin importar que no sean especialistas en el puesto que ocupan.
No existe ninguna obligación legal para que los gabinetes sean ocupados por un porcentaje de especialistas sin que importe su militancia política, por lo que cada gobernante puede colocar a sus colegas de partido, amigos y hasta familiares en su equipo cercano.
Los intentos de formar gobiernos plurales se han enfrentado, por un lado, a la incomprensión del verdadero significado de la importancia de esta medida y, por otro, a un ataque desde distintos flancos políticos para desvirtuar este tipo de ensayos.
Aunque también una ciudadanía desconfiada no ayuda en este escenario.
Lo que se vio en la pasada campaña electoral de 2018, en la que el PAN y el PRD participaron en alianza, es un buen ejemplo de cómo se reacciona con este tipo de iniciativas, pues muchos militantes de ambos partidos le dieron la espalda a dichos partidos y de poco sirvió el llamado a formar un gobierno de coalición.
Así, lo que tenemos en pleno 2020 es un gobierno que pone todos los huevos en una canasta apostando a controlar todo a través de sus militantes o simpatizantes, colocando a sus incondicionales en puestos claves y con resultados cuestionables que se reflejarán en el voto de 2021.
En 2024, podríamos volver a tener una alternancia y el partido que gane dichos comicios podría formar un nuevo gobierno con sus militantes y repetir el ciclo de malos resultados con militantes que sólo buscan ocupar un puesto gracias a su credencial que los acredita como parte de un partido político.
Lo de Ackerman es cuestionable por donde se le quiera ver, pero nada distinto a lo que en su momento hizo el PAN al colocar en el INE a Santiago Creel, Alonso Lujambio, Juan Molinar y otros que terminaron como parte de un gobierno panista o como parte de la estructura del partido.
Se podrá decir que tenían las credenciales académicas para ocupar la posición en el órgano electoral, algo que se puede decir del propio Ackerman, lo cual no impide objetar –antes y ahora– este tipo de designaciones.
La pregunta final que nos debemos hacer es si ser independiente es algo más escaso que los diamantes, pues incluso en los candidatos que se ostentan con esa etiqueta hay antecedentes partidistas, pero no es algo que nos deba extrañar en un país en el que sus ciudadanos gustan de tomar partido casi en cualquier tema. Así no nos debemos sorprender por lo que está pasando.
@AReyesVigueras

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