Las nuevas reglas de la política

Hablar de la construcción de la institucionalidad que es el Estado Mexicano forzosamente nos lleva a estudiar al partido que ha sido referente de dicha edificación: el PRI.
Pasada la Guerra de Reforma, en que se crearon las primeras bases de lo que hoy sería el modelo político de México, encontramos grupos de poder caciquiles.
En cada uno de los rincones del país se observaban militares, eclesiásticos, hacendados y personas con poder económico o político que no encontraban el mecanismo para ponerse de acuerdo en el ejercicio del poder.
Posterior al Porfiriato, un cúmulo de personas buscan crear “las reglas del juego político” con arreglos institucionales que permitan al país tener solidez y tejer una “lucha de poder” sin caer en guerras civiles o situaciones que llevaran a desestabilizarnos con otra Revolución.
A todo este entramado se le llamó modelo político mexicano y su principal producto fue el PRI. De ahí que no podemos sorprendernos de la realidad que ha perneado en ese partido, producto de diversas formas de pensar y actuar.
Posteriormente al establecerse “las reglas del juego” tenemos se echa a andar la maquinaria que impulsan los grupos y se establece el modelo que hasta antes del año 2000 había funcionado, dando pie a un partido hegemónico en el que nada pasaba sin que fuera través del partido.
Es sabido que por ello, el jefe del Ejecutivo era el jefe del partido y con ello se tenía control de los acceso al poder.
En ese modelo, se crean sindicatos, confederaciones que aglutinaban a los diferentes sectores que buscaban sentirse representados, cada uno con su cuota de poder y cada cuota dependía de la lealtad hacia la estructura jerárquica ascendente.
En primera instancia esta forma de hacer política dio resultados positivos. Se dieron momentos de tranquilidad y armonía al interior del país. El país logró salir de la etapa convulsionada de la Independencia hacia un futuro aparentemente de desarrollo.
Sin embargo el modelo sufría desgastes que fueron sintiéndose en las bases, es decir, los sectores más desprotegidos, la clase trabajadora.
En contra parte, la clase política fue amasando fortuna y poder sin igual. Los actores se corrompieron y por ende el modelo también se corrompió. Todo ello trae a la derrota que sufre el PRI en el año 2000.
A partir de ese momento, la clase política modifica las reglas del juego intentando adaptarlas a la nueva realidad, generando más mecanismos de participación, buscando mermar el sentimiento de desaprobación de la sociedad. Aparentemente se generó un equilibrio y competencia más justa.
Por otra parte, en el ejercicio del poder se buscó la ejecución de un presupuesto más ordenado que respondiera más a necesidades reales que a acuerdos políticos.
Desafortunadamente el PRI trabajó en su restauración desde el primer momento de su derrota en el 2000; se mimetizó y mezcló con el panismo en la administración federal.
Varios puestos estratégicos del área económica quedaron en mientras de priistas o exmiembros del partido oficial.
En el Ejercito jamás se da una depuración a fondo y el poder judicial sigue operando como anteriormente; la lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) retiene espacios de poder importantes durante la gestión del entonces Presidente Vicente Fox y hasta muy avanzada la gestión del expresidente Felipe Calderón.
Así, el PRI demostró que pudo sobrevivir a la embestida ciudadana y de los otros grupos de poder y se renovó en la forma más no en la esencia.
Aunado a ello, no hubo alguien que pudiera capitalizar de manera efectiva los espacios que la alternancia fue generando. No se supo usar a la alternancia como trampolín eficiente para reducir al viejo régimen. El único nuevo agrupamiento nacional con registro es el PANAL que fue fundado en el 2005 y que al final de cuentas es un apéndice de los arreglos y acomodos del PRI con el partido en el gobierno y cuota de la líder del SNTE en ese momento.
Fuera de ello se gestan movimientos como los del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, la APPO, el movimiento del Sindicato Mexicano de Electricistas en el 2010 que acabaron aislados, derrotados o identificados con los intereses de la izquierda radical y rupturista, con mínimas posibilidades de incidir en el cambio democrático del país.
Ante ello y a lo largo de los dos sexenios panistas, no ha habido una fuerza organizada democrática emergente que tome en sus manos las atareas de la transición política y vaya aún más allá. Los soportes políticos nacionales siguen siendo antiguos, desgastados y mimetizado con el priismo.
Ante este escenario, muchos mencionan a la política mexicana como un modelo acabado terminado y funcionado.
Lo cierto es que el modelo político aún es imperfecto. Tiene sus mejoras importantes en la etapa de la transición, pero que no se ha terminado de construir y prueba de ello es el regreso del PRI al gobierno federal.
Los que hacen la política están en la obligación de reflexionar en que la forma de hacer la política y sus reglas del juego actuales siguen siendo las mismas de antaño, con sus matices, con sus controles, pero en esencia la misma.
La corrupción, el tráfico de influencias, por citar, son la razón de peso para que el país no camine. Mientras no podamos frenarlo, no podemos hablar de una democracia terminada. No podremos hablar de un país justo.
(*) El autor es politólogo, productor agrícola y líder social en la región Zimatlán-Ocotlán.

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