La plaga eterna por Miriam Arantza Pacheco Segura

Dentro de la sociedad existen situaciones desagradables que impiden la sana convivencia de los individuos que la conforman.

Estas situaciones pueden afectar a un grupo específico de personas, atentando contra su bienestar físico y emocional.

Un claro ejemplo de esto, es la violencia hacia las mujeres que hoy en día es una plaga que nos persigue y que está más cerca de lo que creemos. 

Me gustaría definir esta problemática. Ya sé que nos la han explicado mil veces, pero ¿realmente comprendemos lo que significa? Desde mi perspectiva, la violencia hacia la mujer no es más que la ejemplificación de lo mal que estuvimos y estamos actualmente como sociedad. Es cuestión de pensarlo sólo un poco, ¿en qué momento y a quién se le hizo buena idea que a las mujeres nos tenían que tratar mal para sentirse superiores? Esas respuestas no las conoceremos a ciencia cierta; pero de lo que sí estoy segura, es que la sociedad jugó y juega un papel importante al momento de permitir y normalizar estos actos. Hay que aceptar que vivimos en una sociedad que tiene miedos, traumas e ideas que nos detienen en el tiempo, nos atascan en un camino que, si bien no es fácil, puede ser más sencillo si nos ayudamos y erradicamos cualquier tipo de violencia. 

Lamentablemente no hay día que no veamos en las noticias que alguna mujer sufre violencia en el trabajo, en la escuela o incluso en su casa.

La violencia doméstica es más común de lo que pensamos; lo peor es que se suele justificar y normalizar, sobre todo porque otra vez la sociedad nos dice que una mujer casada debe atender a su marido y a sus hijos. Se minimiza todo lo relacionado con las mujeres, ¿dónde queda nuestra individualidad? Pareciera que los hombres son los únicos que pueden disfrutar de su vida en todos los ámbitos.

Se ve mal a las mujeres que ejercen su libertad, la libertad de elegir qué hacer y qué no, la libertad de expresar lo que sentimos, la libertad de decidir nuestro camino. 

Por otro lado, erróneamente creemos que la violencia es sólo física, pero no, también está muy presente la violencia verbal o psicológica; ésta que en ocasiones puede ser agresiva o sutil. Su única arma son las palabras. Recordemos que las palabras pueden edificar o derrumbar a las personas. En muchas ocasiones este tipo de violencia la ejercen personas cercanas a nosotras las mujeres. Nuestra propia familia y amigos recurren a ella para “hacernos ver” nuestros errores o aquello que hacemos mal. Realmente creo que no necesitamos que nadie nos esté señalando por nuestras decisiones; es real que a los hombres no se les juzga de la misma manera que a nosotras. 

Afortunadamente a lo largo de los años hemos ido avanzando en el camino del respeto, la empatía y la justicia, pero todo esto lo hemos hecho nosotras mismas. Nosotras somos las que salimos a levantar la voz todos los días. Nosotras hemos sido factores de cambio en nuestro país y en nuestro estado. Actualmente hay más espacios que abogan por nuestro bienestar; pero una vez más, son espacios que nosotras hemos creado o que hemos luchado por ellos. 

La mejor manera de erradicar esta problemática es empezando desde el hogar. Eduquemos a niños y niñas que no vean a la violencia como una forma de vida. Enseñémosles que pueden ser libres. Procuremos que su desarrollo físico-emocional se lleve a cabo en un ambiente de respeto y amor. Las nuevas generaciones son el futuro de nuestra sociedad y está en nuestras manos que todo lo que hemos vivido no se repita. 

Nosotros los jóvenes no justifiquemos y normalicemos la violencia hacia la mujer. No sigamos cargando con todo lo que este problema ha traído. No encubramos agresores por ser nuestros amigos o conocidos. ¿No les enojaría que las personas con las que se juntan pudieran violentar a otras, especialmente a mujeres? Seamos congruentes con los valores y principios que se nos han inculcado.

Por parte de las mujeres, invito a que no normalicemos estos actos.

Alguien que te quiere no te hace daño.

Hay que identificar cuándo estamos en una situación de violencia y huir de ahí. Levantemos la voz ante esto que nos está deteniendo y que no nos deja ser libres. 

Definitivamente la sociedad que quiero construir es a base del respeto a todos, pero especialmente a la mujer, una sociedad en la que todos podamos convivir de manera armónica.

Para realizar cambios es importante empezar por uno mismo y creo que nosotros los jóvenes podemos ser promotores y defensores de la justicia desde nuestra trinchera.

En un inicio, erradicar las conductas violentas que tenemos como “normales”; ser empáticos con los demás ya que se necesita de todos para poder construir una sociedad limpia de todo aquello que nos contamina. Creo que algo que nos puede ayudar es que desde el momento en que decidimos cambiar, todo alrededor se transforma. 

Finalmente puedo decir que, aunque suene a cliché, es cierto que nosotros somos el futuro. Es nuestra responsabilidad tratar de hacer las cosas de la manera correcta para que nosotros y las nuevas generaciones podamos vivir en armonía.

Es importante pensar en nuestro futuro como sociedad y nosotros cambiar nuestra mentalidad hacia ciertos grupos de personas, especialmente hacia las mujeres.

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