José García Sánchez: El puño del silencio

José García Sánchez

Cuando el silencio es obligado el puño emerge de la desgracia para imponerse.
México tiene el puño, en la mano cerrada, con la mano en alto, una alternativa. Una esperanza.
Es puño es pate de nuestra memoria. Con una eterna Conquista, sin Independencia y una revolución inconclusa, México tiene en el puño un cúmulo de memoria que no se extingue ni se agota, sólo crece, lista para la hora del despertar.
Es en ese puño que se cifra la esperanza y exige silencio para salvar vidas, porque con el ruido poco puede salvarse. Y hemos vivido una larga época de ruidos y distractores que impiden, prohíben, que la vida de muchos mexicanos se salve.
Si el puño fuera de rabia habría más muertos, aunque más libertad.
El puño en alto es el grito del silencio en el presente, pero no en el futuro. Es el espejo de una realidad encerrada en las rejas de cinco dedos que piden calma, pero no para siempre.
Es la ira contenida de un pueblo que no calla por gusto sino por necesidad. Una población que conoce sus propios tiempos y su derecho, que sabe que nadie puede arrebatarle la historia, que exige silencio efímero ante el castigo al grito y la protesta. Calla para sobrevivir ante el gran desastre.
El puño en alto es decir aquí estoy, quiero vivir. Quiero sobrevivir a ese gran castigo que se impone en nuestra tierra y que no termina como condena a la pasividad y el miedo. Es también llanto y coraje contenidos pero sobre todo conciencia de la necesidad de vivir. Promesa terna que se vuelve realidad con la solidaridad, que inicia vidas, porque en cada puño levantado se renace, aunque e la muerte corone ese esfuerzo, que nuca será inútil.
Con el puño en alto se pide silencio para iniciar una nueva vida, pero no se pide permiso. Se levanta el puño para ver con nuevos ojos lo que se había vuelto costumbre mirar sin ver. Para que la indiferencia deje de nublar la vista y surja la alerta de vivir al borde del abismo que impulse nuevas formas de vida.
No hay sismo que no sacuda y en México ha habido muchos. La Ciudad de México los ha padecido desde siempre, su pobreza hace víctimas y cómplices a todos de una miseria que inicia con las carencias vitales y termina con la negligencia para dejar de actuar sobre una realidad que, como los temblores, nos pueden aplastar a cualquiera.
El puño en alto se vuelve canto y tragedia. Pero es puño al fin y al cabo. Apunta al cielo, como esperando un milagro que demora siglos, pero que no pierde la esperanza de que haya algo más lejos o más cerca, que pueda también transformar una situación que atropella y aniquila, que hace del puño su bandera y su sobrevivencia, su esperanza y su puente hacia la vida, que debe dejar de ser sólo sobrevivencia para recuperar la dignidad a partir del puño, con el puño, a pesar del puño en alto.
El puño es protesta también y los motivos sobran. Ahora levantar el puño no es sólo silencio sino grito callado que algunos no permiten escuchar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *