José García Sánchez: No se olvida

José García Sánchez
 
La gran mayoría de los jóvenes que participaron en las tareas de rescate de las consecuencias del sismo del 19 de septiembre de 2017, no habían nacido en 1985, o eran muy pequeños. Unos bebés.
Es decir, en ellos no había el recuerdo del peligro de la organización como delito, como pecado, ni cargaban un miedo infundido en la sociedad mexicana en 1968, el 2 de octubre, cuando se trató de amedrentar a todos los mexicanos inconformes con la matanza de estudiantes en Tlatelolco.
La advertencia fue dada a pesar del silencio de los medios, para quienes nada importante sucedía, más que el tiempo nublado de la historia. Nadie en su juicio se atrevería a protestar públicamente después del 2 de octubre, existía el peligro latente de ser detenido, desaparecido, torturado o asesinado por las fuerzas del orden, con o sin uniforme.
La represión pública contra quienes protesta tiene en su mejor sentido, el castigo a la mala conducta expresada en la inconformidad. Se castiga para que no se repita la actividad que, desde la perspectiva del poder, es un delito, que puede pagarse con la muerte como sucedió el 2 de octubre de 1968.
Por eso ahora los jóvenes que acudieron a ayudar a sus hermanos, que en la desgracia comparten sangre, sudor y lágrimas, no escondieron su espontánea manera de organizarse, muchas veces haciendo evidente la incompetencia de la Marina y el propio ejército.
Los jóvenes que acudieron al llamado de la solidaridad en septiembre de 2017 tienen en sus genes la posibilidad de organizarse de manera precisa, acertada sin que se les haya entrenado para hacerlo. Cuentan con una disposición que conmueve y les conmueve para ayudar a los demás de manera metódica, sin necesidad de asesorías castrenses o limitantes tecnológicas.
Quienes recuerdan el 68, lo vivieron aunque sea de lejos, de oídas, por referencia no salieron a ayudar a nadie. Mostrar organización social es peligroso en México. Lo fue en 1968, en 1985 y esperemos que deje de serlo de ahora adelante.
Los jóvenes de entonces prefieren fingir mala memoria que vencer el miedo. Olvidar aunque digan que ese día no se olvida. Es verdad, nadie olvida la advertencia: “si te inconformas y lo manifiestas te puedo matar, encarcelar, torturar, desaparecer, desprestigiar, anular”.
El recuerdo no reposa en la valentía sino que duerme en el miedo evitando otra pesadilla.
Es por ello que la rebeldía no tiene edad, sólo puede tener una profunda autocensura, o una abierta herida hacia el vuelo libre y la expresión pública. No hay mexicanos jóvenes y viejos, o desmemoriados o recurrentes o reiterativos, hay mexicanos con miedo y sin él. El trauma del 68, no ha sido superado por sus protagonistas ni por sus testigos. Tanto así que hay, a casi de 50 años de la matanza impune, hoyos negros que no logran tener un asomo de tiniebla siquiera.
Joven es aquel que se levanta, como éstos que vemos hoy por las ventanas que imponen distancia, y sube a su bicicleta, a veces a pie, con las manos doloridas y cortadas por piedras y guijarros, para mostrar su ayuda al prójimo, y con el orgullo de mostrar la rebeldía que implica rebasar a toda autoridad entrenada para salvar vidas, ellos arriesgan la suya para salvar otras. Trabajan sin esconderse de la represión, frente a un cielo abierto que quiere como testigo al tiempo. Aunque no lo quieran, aunque no lo digan, están haciendo historia.

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