José García Sánchez : Cuadros políticos privatizados

Los partidos se quedaron sin cuadros. Es decir, las instituciones políticas, en las que se asienta nuestro sistema de gobierno, dejaron de ejercer un derecho o una obligación para fortalecerse, y al mismo tiempo en pro de su especie ideológica.
Los espacios, institutos, escuelas de formación partidista se redujeron a centros de oratoria o simples ejercicios administrativos. Por un lado, se impide la creación de liderazgos internos dentro de los partidos políticos para permitir, en primer lugar, el llamado chapulineo, donde una sola persona brinca de un puesto a otro, sean de elección popular o no, y sólo permiten la entrada de quienes van en ascenso seguro a la cúspide del poder, que por lo regular, son familiares de los chapulines que medran a costa del erario por décadas, casi un siglo.
La imposición de descendientes en la política mexicana ocurre en todos los partidos políticos, lo cual impide que haya una formación de cuadros sistematizada, metódica, coordinada con una evolución ideológica de los institutos políticos, pero como ningún partido ha evolucionado, como no ha habido cambios internos de trascendencia en ningún partido, la creación de líderes simplemente no ocurre.
Este vacío institucional de los partidos es llenado por instituciones educativas particulares, sumamente reaccionarias, que desde su perspectiva y con un contenido ideológico y administrativo muy concreto y congruente a sus necesidades, lanzan cuadros a los diferentes partidos políticos como parte de una estrategia que va más allá de lo educativo, que campea entre la mercadotecnia y los intereses empresariales.
La formación de cuadros de la actual política en México tiene su gestación en las universidades privadas, que pelean ahora su influencia en la política mexicana a partir de sus egresados que van directo a la administración pública, revestidos de diferentes colores aparentemente pero con muy similares métodos de acción.
Las universidades privadas llenan en este momento, los huecos que los partidos han dejado de operar, acciones que han abandonado, responsabilidades que han olvidado y objetivos que no relegan pero posponen.
Así podemos ver que entran a los diferentes partidos políticos sobre todo hombres que estuvieron en la cantera del ITAM, pero que no están en el PRI y siguen lineamientos prácticos políticos que sin llegar a ser ideológicos se convierten en noticia, en escándalo, ya sea como distractores en sí mismos, o como saboteadores del voto de la oposición.
Egresados que pudieron ser estudiantes brillantes y lucen su mediocridad en la función pública como simples herramientas de intereses tan oscuros como extraños. Entre esos siniestros personajes se encuentran Armando Ríos Piter, Mario Delgado, Fernando Zárate Salgado, Agustín Castrens, Luis Videgaray, José Antonio Meade, Enrique Ochoa Reza, José Ramón Cossío, Emilio Lozoya, Pedro Aspe, Roberto Gil Zuarth, Virgilio Andrade, Luis Carlos Ugalde, entre otros.
Ahí hay egresados del ITAM, del PRI, PAN, PRD y Morena. Esa es la formación de cuadros ideal de un sistema político que se sirve de los segmentos de la sociedad más privilegiados para gobernar y, desde luego, defender los intereses de quienes desarrollan programas de estudios proclives a la defensa de los intereses de las minorías, sin importar el partido en el que militen.
Cuando la convicción es firme no hay educación superior que cambie los objetivos de los futuros servidores públicos, ahí tenemos el ejemplo de los egresados de la UNAM, quienes a pesar de haber estudiado en una universidad pública sirven a los intereses de los poderosos desde el poder.
Aquí lo que debe analizarse e interpretarse es cómo una camarilla de egresados de una escuela puede gobernar buena parte de las responsabilidades políticas de un país e imponer sus criterios de capilla educativa.

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