José García Sánchez: El bueno, el malo y el simpatizante

José García Sánchez

Los cuadros son tan reducidos en el PRI que cuando se reforma un artículo de sus estatutos de inmediato se sabe quién es el beneficiario, y lo que es más, el próximo candidato de ese partido a la Presidencia de la República.
La falta de líderes auténticos en el PRI arroja una necesidad e caras nuevas que ante la escasez, surgen caras no tan vistas pero que representan a más de un partido con su sólo nombre. Guardar los equilibrios parece ser el objetivo de la estrategia priísta, porque las miradas se dirigen a un hombre que no es del Pan ni del PRI sino todo lo contrario. Es decir, no es bueno i malo, simplemente simpatizante. No más, pero tampoco menos.
Pero no ser de aquí ni de allá en tiempos de desarraigo tiene sus ventajas, absorbe simpatías. Es decir, el simpatizante del PRI, elegido por el dedo de Dios, atrae más simpatizantes, sobre todo porque ha trabajo con el PAN y con el PRI.
Ante la necesidad de tener un candidato de unidad, alrededor de quien el priismo pudiera cohesionarse, la XXII Asamblea de ese partido estuvo en función de José Luis Meade Kuribeña, secretario de Hacienda.
A pesar de la necesidad de unidad en el PRI no cayó bien a todos abrir la candidatura a la Presidencia de la República a un simpatizante, quien podría ser igualmente simpatizante del PAN, ya que su abuelo fue uno de los fundadores de ese partido.
Incluso en el ámbito académico crea equilibrios, porque es egresado del ITAM, escuela de moda en la actual administración pública, en la UNAM, requisito indispensable para darse un baño de pueblo y, para no desentonar con sus congéneres, es también doctor en economía en la universidad de Yale. Es decir, es político y es tecnócrata; es panista y priísta. Es un común denominador político ideal para las elecciones de 2018.
Pero ahí no termina la historia panista de Meade, su apego al blanco y al azul, se mostró como director general de Banrural en 2002, con Fox en el trono. Pero lo mismo cumple una misión diplomática que una aburrida sesión de números fríos en Hacienda, o conoce de focos incandescentes en la secretaría de Energía a donde fue designado por el panista Felipe Calderón.
Ahora es un simpatizante del PRI. Sus simpatías por el PRI rebasan las que en su momento sintió por el PAN. Pero si el PAN se une a su candidatura sería simpatizante de ambas fuerzas políticas. Y además él mismo serpia más simpático para los priistas y panistas desde el momento en que sea designado como el general que conducirá a la victoria en la batalla electoral, según palabras del propio Enrique Peña Nieto.
Porque ya lo advirtió el presidente, los militantes y simpatizantes deben ser soldados de la patria. La patria entendida como ese reducto de gobiernos priístas que tiende a disminuir en todo el país.
Por mucho que quieran ver al secretario de Hacienda como el fiel de la balanza no deja de ser un híbrido de la política mexicana, producto del chambismo en la administración pública y la falta de identidad ideológica y partidista que afecta a muchos jóvenes en la actualidad dentro y fuera del gobierno. Su postura campea entre la ultraderecha y la ultraizquierda dependiendo de las órdenes que vienen del norte hacia el sur.
Antes de la XXII Asamblea eran necesarios 10 años de militancia en el PRI para ser el abanderado a la Presidencia de la República, ahora basta con decir que el PRI es “resimpático” para poder llegar a ser candidato al puesto político más importante del país, con la bendición correspondiente.

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