Historia de la democracia priísta (5) por Carlos Ramírez

Historia de la democracia priísta (5) El mito de la democracia electoral

Carlos Ramírez

En 1929 el Partido Nacional Revolucionario –abuelo del PRI– se estrenó en competencias electorales con un fraude contra José Vasconcelos, secretario de Educación del gobierno del caudillo Alvaro Obregón y uno de los líderes culturales del México revolucionario. A pesar del entusiasmo entre los jóvenes y de una campaña conflictiva narrada por Mauricio Magdaleno en Las palabras perdidas (1956), el sistema electoral le reconoció al opositor sólo el 5% de los votos.

El candidato oficial había salido de una lucha sangrienta por el poder: el general y diplomático Pascual Ortiz Rubio, apodado el Nopalito por “verde y baboso”, fue el candidato oficial del general Plutarco Elías Calles, ascendido a “jefe máximo de la Revolución”. El interinato del abogado civil Emilio Portes Gil creó la ilusión de un ciclo no militar de jefes políticos, pero Elías Calles fue el ganador de la muerte de Obregón.

De 1929 a 1991 las elecciones federales las realizó la Comisión Federal Electoral, presidida por el secretario de Gobernación: el gobierno federal, pues, organizaba elecciones y determinabas las cifras oficiales de votos. A pesar de que una de las banderas de la Revolución Mexicana había sido el sufragio efectivo, el control oficial de los procesos electorales fue uno de los instrumentos de dominación presidencialista.

En este sentido, la lucha por la libertad de emisión y de conteo de votos fue la esencia de la democracia electoral como bandera de la oposición. El sistema político de partido dominante inhibía la democratización electoral. La ruptura del consenso en las élites en 1988 produjo una rebelión electoral: la candidatura del expriísta Cuauhtémoc Cárdenas logró, en las votaciones oficiales no creíbles, el 31% de los votos y el PRI se derrumbó de un promedio de 85% en 1929-1985 a 50%. Lo más importante fue la urgencia de reconstruir el sistema electoral o enfrentar las protestas en las calles.

Y ahí entró en juego la astucia sistémica de las élites: los presidentes Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo idearon un modelo de democracia electoral limitada, con el disfraz de la ciudadanización: la Comisión Federal Electoral pasó a ser Instituto Federal Electoral con un consejo ciudadano controlado aun por el secretario de Gobernación y luego autónomo en 1996.

La clave estuvo en el consejo ciudadano como estructura de control electoral y su funcionamiento con consejeros electorales nombrados por los partidos, el PRI por delante. José Woldenberg fue un activo de Salinas de Gortari para aparentar democracia. Y hoy Lorenzo Córdova Vianello viene de ese modelo de manera tan directa que fue jefe de asesores de Woldenberg.

El consejo ciudadano vino a realizar las funciones que antes hacía Gobernación de manera directa. Woldenberg provenía de la izquierda universitaria no socialista y entró al sistema por el túnel de la revista Nexos ya salinizada por Héctor Aguilar Camín. Por tanto, el IFE acotaría la verdadera democracia electoral como organismo intermediario entre el Estado priísta y la oposición. Con este modelo se aparentó una democracia electoral que en los hechos siempre ha respondido a los intereses del PRI sistémico.

La función del IFE-INE es regular el funcionamiento de la democracia electoral a reglas tipo priístas. Por eso los fraudes electorales del 2006 y del 2012 fueron sistémicos, casi institucionales. En los hechos, el IFE-INE realiza de manera puntual las mismas funciones de la vieja Comisión Federal Electoral. La perversión está en la designación de consejeros en la Cámara de Diputados, por los partidos que deberán ser regulados en los procesos electorales. El PRI tuvo la mayoría hasta el 2000 y luego el PAN y ahora Morena han reproducido el mismo modelo: designar consejeros a modo, mantener el INE como embudo electoral para los partidos dominantes y darles a los consejeros funciones autoritarias que coartan el ejercicio de la verdadera democracia electoral con reglas especiales.

Por eso los fraudes electorales del 2006 y 2012 contra López Obrador no pudieron probarse en las reglas del Instituto, aunque fueron muy obvias las trampas usadas por el PRI. La alternancia al PAN en el 2000 fue posible porque Zedillo no metió las manos por el PRI. El regreso del PRI en el 2012 se logró porque la autoridad electoral desdeñó las quejas de López Obrador. Y la contundencia de las encuestas del 2018 hicieron imposible cualquier amaño que pudiera intentar el PRI o el PAN.

El INE es un cuerpo político del sistema político priísta para intermediar los procesos electorales con reglas contrarias a la democracia, controlar a la oposición no institucional y acotar la crítica política. En lugar de ser una oficina de la democracia electoral, el INE es la versión actual de la vieja CFE priísta magnificada por Manuel Bartlett Díaz en 1988 y constituye una intermediación acotada por compromisos con los partidos y un obstáculo para el sufragio efectivo.

indicadorpolitico.mx
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