Historia de la democracia priísta / XI por Carlos Ramírez

Historia de la democracia priísta (11) Fracaso del zapatismo y de Marcos
Carlos Ramírez

El año de 1993 había cerrado con todos los astros alienados en el modelo del presidente Carlos Salinas de Gortari: aprobado el Tratado, controlado el destape de Colosio, encapsulado el enojo de Camacho, disminuidos Cárdenas y el PRD, alta la aprobación presidencial y desdeñado el presunto brote guerrillero de septiembre de 1993.

La madrugada del 1 de enero de 1994 en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, apareció un grupo guerrillero autodenominado “Ejército Zapatista de Liberación Nacional” (EZLN), aunque sin ninguna característica que lo hiciera parecer una verdadera fuerza armada rebelde. Sin embargo, se presentaron tres variables imponderables: una sociedad silenciosa que esperaba una ruptura política para apoyarla, la exposición internacional de México por el Tratado que evitaría el manotazo de fuerza y un líder carismático al frente de los rebeldes que resultó un genio de la comunicación política, el autodenominado subcomandante insurgente Marcos.

En su primera aparición, el EZLN mostró sus cartas: grupo guerrillero tipo cubano, foquista, rural, una agenda revolucionaria para imponer un régimen socialista y la exigencia de renuncia del presidente Salinas de Gortari. En su primer comunicado el grupo rebelde anunció que avanzaría como grupo armado hasta el Distrito Federal y en el camino sumaría apoyos sociales. Sin embargo, a los diez días fue contenido en Ocosingo, sufrió bajas considerables con choques violentos con el ejército federal institucional y tuvo que replegarse. Toda la intención que diluyó en el reconocimiento de que carecía de fuerza suficiente para encabezar un verdadero alzamiento armado.

Con habilidad, el subcomandante Marcos –un descendiente de la guerrilla urbana posterior al 68 que fue aplastada en el centro de la república y huyó a esconderse en Chiapas– dio un giro estratégico a su movimiento y lo colocó en dos escenarios: una “guerrilla por la democracia”, un oxímoron de emergencia; y una agenda de protesta indigenista. Con el apoyo de importantes sectores de la sociedad civil disidente de la capital de la república, el EZLN fue obligado a iniciar conversaciones de paz con el gobierno representado por Manuel Camacho Solís, un politólogo crítico del sistema político priísta y operador de crisis del gobierno de Salinas para tratar las dos agendas: la democrática y la indígena.

Por su cuenta, Marcos se movió en la estridencia mediática, organizó un aquelarre por la democracia a principios de agosto de 1994 –antes de las elecciones presidenciales del 21 de ese mismo mes– con la presencia de toda la disidencia nacional e internacional y logró una victoria de posicionamiento personal, pero perdió los hilos de control de la agenda política. Los grupos disidentes que asistieron a esa Convención Democrática nunca se pusieron de acuerdo, no hubo una agenda seria de transición ni una dirigencia negociadora. Al final, todo fue una movilización política y social para que Marcos tuviera algo parecido a escudos humanos que lo protegieran del acoso de las fuerzas de seguridad del Estado.

En marzo de 1994 Camacho logró un acuerdo de paz con el EZLN con una doble victoria: un paquete de apoyos a los indígenas y sacar de la agenda el tema de la renuncia de Salinas. Antes del asesinato de Colosio se consolidó el acuerdo y Marcos se metió en la selva, dijo, a “consultar” a las comunidades indígenas lo negociado. Ahí lo sorprendió el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Su primera reacción fue rechazar la firma de paz bajo el criterio estratégico de que el crimen del candidato presidencial priista representaba el fin del régimen del PRI. Sin embargo, el régimen se recompuso y ganó las elecciones de agosto sin impugnaciones serias del PRD ni del PAN.

Lo que queda por aclarar es si Marcos representó en realidad una opción de transición a la democracia. En el ambiente de la crisis de 1994, de enero a julio, muchos grupos sociales e intelectuales conformaron propuestas de democratización que firmaron todos los candidatos presidenciales, en tanto que Marcos seguía jugueteando con sus comunicados literarios sin intenciones políticas ni estratégicas. El esperado acuerdo político entre Cuauhtémoc Cárdenas como candidato del PRD y Marcos como líder guerrillero no llegó y dejó fragmentado al electorado. Y Cárdenas tampoco pudo lograr aprovechar el clima de rebeldía social que se dio alrededor de la figura de Marcos. El presidente Salinas y Camacho pudieron neutralizar a los grupos intelectuales que pedían un acuerdo nacional de emergencia.

El punto importante de ese momento político fue la incapacidad de Marcos para construir un movimiento disidente político y proponer una opción democrática aceptando la exigencia social de que debía de abandonar el camino del alzamiento armado. El líder guerrillero apostó su resto a los acuerdos de San Andrés Larráinzar que se aprobarían en el primer año de gobierno de Fox en el 2001, pero sin el punto central zapatista de reconocer las comunidades indígenas como naciones autónomas o independientes con gobiernos propios. De las elecciones de 1994 a los Acuerdos, Marcos se deslindó de la movilización por la democracia, al grado de que fue el PAN de la derecha empresarial la que capitalizó el ambiente de protesta y votó por Vicente Fox en el 2000.

Marcos fue un guerrillero armado, pero –en el modelo de Machiavelli– un “profeta desarmado” porque las pocas armas que podía exhibir nunca fueron usadas para intentar el derrocamiento del régimen. Y la agenda indígena de Marcos, la de las comunidades chiapanecas –y no las de todas las existentes en el país–, era más bien conservadora y no democratizadora, paternalista, teocrática y verticalista autoritaria.

La vida activa del guerrillero Marcos terminó apoyando marchas de pequeños grupos disidentes, como los que se opusieron al aeropuerto en San Salvador Atenco, pero ya fuera de toda lógica de las contradicciones reales del sistema/régimen/Estado priísta. El PRD, formado en 1989 con el registro del Partido Comunista Mexicano que había apoyado las guerrillas en los sesenta y setenta, se instaló en el territorio de reconstrucción del viejo priísmo cardenista con el PRD y se olvidó de la lucha estratégica por el socialismo o por el derribamiento del régimen del PRI. El PRD quedó atrapado en las contradicciones internas de las luchas por posiciones y cargos públicos en el régimen institucional y se olvidó de las agendas populares, indígenas y sociales.

En los hechos, Marcos nunca fue una posibilidad democratizadora en sí misma, pero sí pudo haber construido un espacio de oportunidad para organizar un gran frente opositor por la democracia. Sin embargo, lo rebasó la realidad y no pudo definir una salida política para la crisis de régimen. Hoy Marcos, dicen, sigue con vida, pero carece de agenda y pasó a formar parte del olvido.

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