Conservadores, adictos al miedo por José García Sánchez

Los conservadores hacen escuchar sus voces sin ningún rubor. Son las voces del miedo según afirman. Desde luego que para quienes no están preparados para los cambios toda transformación les produce temor y así lo manifiestan.
Los que orgullosamente salen a las calles a mostrar su miedo al comunismo, al ateísmo, a la dictadura, a la homosexualidad, y recomiendan basar su vida en el temor a Dios, simplemente no pueden vivir una vida sana porque está llena de temores. Ahí hay algo que no es normal ni encomiable.
La elección de la vida privada la tiene cada ser humano, quien tiene el derecho a decidir, por eso tenemos cerebro y hasta en las escrituras se dice que nos caracteriza el libre albedrío, aunque ellos prefieren ser esclavos de sus miedos.
Ser conservador por lo regular implica una añoranza por el pasado. En los caminos andados hay certeza y protección. La permanente nostalgia castiga el presente y desubica a las personas a vivir la realidad, como se ha mostrado en algunos de los movimientos sociales actuales de manera evidente.
La adicción al miedo vuelve natural el hecho de padecer un gobierno autoritario que infunda miedo en la población. En ese escenario los conservadores se sienten seguros porque los identifica con el poder absoluto y dejan de ser seres aislados e individualistas para convertirse en entes sociales.
Pero cuando el miedo se apodera de sus acciones basadas en las emociones temerosas luchan por el regreso a una autoridad que les haga sentir esclavos, así como son esclavos de sus miedos y hasta de las palabras que consideran divinas.
Las razones de las actuales protestas de los conservadores se basan en el temor de que llegue el comunismo, aunque desconocen en qué consiste, pero como el sacerdote o el pastor les ha inculcado que es peor que el infierno, pues temen automáticamente.
Y así por otros conceptos que ahora son abstractos porque sus prácticas han sido carcomidas por el tiempo y oxidados por nuevas formas de gobierno, pero interviene aquí otro factor adicional del miedo, el temor que la distancia impone, así los conservadores temen llegar a parecernos a un país como Venezuela o Rusia. No quieren siquiera pensar en esas anatemas que podría excomulgarlos del templo del pavor.
Ni siquiera conocen una postal de esos países, pero ellos están abiertos a la manipulación de sus líderes tanto como están cerrados a la visión objetiva de la realidad. Conocen Disneylandia y “Niuyor”. Y siguen temiendo que este país se vaya al socialismo, al ateísmo, a la dictadura, al poder absoluto, al mesianismo, al populismo, a todo lo que según ellos el demonio preparó para castigar a los seres humanos en esta tierra.
Están inconformes por lo que va a pasar, como si estuviera en sus manos conocer el futuro. No protestan por lo que padecen hoy sino por lo que pueden padecer mañana, a lo cual temen. Es decir, la característica del ser humano de la incertidumbre por el futuro ellos parecen tenerla resuelta y se inconforman por las calles por lo que consideran, subjetivamente, por lo que puede llegar. En sus dotes adivinatorias los conservadores predicen el futuro y tratan de evitarlo porque le temen al tiempo, quisieran que viviéramos en la Edad Media con todo y el terror de la Inquisición.
Finalmente ellos usan su libre albedrío para protestar, pero no para descubrir el tiempo que viven y, menos aún, para conocer la historia. Ellos aseguran que el actual régimen nos llevará al comunismo, es decir, su protesta es preventiva, y les mueve el temor a lo desconocido porque finalmente el comunismo se ha vuelto para ellos tan abstracto como un dogma de Fe. Ni más ni menos.

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