Armando Reyes: Alianzas extrañas

Las alianzas electorales en México aún son vistas como algo extraño, a pesar del tiempo que llevan entre nosotros. Se forman, desaparecen, triunfan y salen derrotadas por igual, en medio de críticas o justificaciones, entre actores que los mismo se oponen a las mismas o las buscan con desesperación. Lo que acaba de suceder en el Estado de México es una muestra de la manera en que esta figura se maneja.
Bipolaridad
No es extraño que se formen alianzas para enfrentar unas elecciones, igual que no es raro que luego de arduas negociaciones no se llegue a un acuerdo. En nuestro sistema político, las coaliciones surgen y se quedan inconclusas en cada proceso electoral.
El intento para formar una alianza en vísperas de que inicie la campaña electoral para gobernador en el Estado de México, es algo que nos debe llevar a la reflexión, pues en anteriores ocasiones no hubo problema para llegar a un entendimiento en el caso del PAN y del PRD –recordemos los exitosos casos de Veracruz, Quintana Roo o Durango el año pasado–, pero que en esta ocasión simplemente no se pudo concretar.
Para algunos analistas, el motivo detrás del frustrado intento se ubica en la composición del panismo y del perredismo en tierras mexiquenses, pues los grupos estatales se opusieron a competir conjuntamente debido a sus intereses particulares. Esto hace que los comicios tengan un final previsible, favorable al tricolor en una entidad que es de interés especial para dicho partido, tanto por ser tierra de Peña Nieto como por lo que representa en términos de votos y posible financiamiento para la próxima campaña presidencial.
En teoría, dicho por los propios dirigentes partidistas, las alianzas buscan un fin mayor, ya sea que se hable de la necesidad de una democratización para acabar con un domino partidista que no ha hecho bien a la entidad, o de acabar con un monopolio político. En 2010, en las negociaciones para acordar alianzas en Sinaloa, Oaxaca, Puebla y Durango, la necesidad de alcanzar una alternancia fue uno de los argumentos que se presentó para ir en alianza azul-amarilla.
Si bien la formación de una coalición electoral no garantiza el triunfo en automático, si ayuda a avanzar en las metas electorales que los socios se fijan, además de que muestra un signo de apertura en nuestro anquilosado sistema de partidos, en el cual alcanzar un acuerdo con el adversario es visto más como una traición que como un camino civilizado propio de cualquier democracia.
Otra faceta de este tema tiene que ver con las críticas en contra los integrantes de las mismas. Mientras en otras latitudes es visto como algo normal que, en determinadas circunstancias, derecha e izquierda coincidan en una ruta electoral, aquí parece que está prohibido que esto suceda. En Alemania, la socialdemocracia y la democracia cristiana lograron ponerse de acuerdo para ir juntos a una votación y gobernar sobre una agenda específica y nadie se rasgó las vestiduras por eso.
En México, en cambio, salen a relucir los adjetivos de que una alianza entre el PAN y el PRD es contranatura, que sólo busca un resultado en las urnas –como si todo aquel participa en elecciones no buscara eso–, y que es coyuntural.
Si bien en las alianzas que se han presentado en nuestro país ha faltado que se le dé más énfasis al programa de gobierno, explicando claramente en que puntos acordaron desarrollar políticas públicas y cuales se dejaron fuera por diferencias ideológicas, esto no impide que se llegue a una organización conjunta para enfrentar una campaña.
En cuanto a las alianzas que ha hecho el PRI, pocos han criticado que lo haga con institutos políticos con los que tiene poco en común, como es el caso del Partido Verde, por ejemplo, el cual lo acompaña desde hace varios años a todas sus aventuras electorales.
Y qué decir del PT, que en ocasiones va aliado al PRD, otras al PRI, a veces al PAN, en ocasiones solo y así. Dependiendo del contexto y la entidad, será la decisión.
En este tema hay que reconocer la constancia de Morena de no ir en alianzas y atenerse a lo que su propia fuerza electoral consiga.
La unión de esfuerzos de partidos de distintos signos no debe ser algo extraño o condenable, pues es parte de toda democracia. En el actual contexto, con la amenaza que representa Trump desde Estados Unidos, se pide unidad para enfrentarlo, aunque se condene cuando algunos actores políticos la alcanzan.
Da la impresión de que nuestros políticos son bipolares cuando condenan la formación de una alianza, para luego buscarla en otra oportunidad, aunque sabemos que en realidad sólo son fieles a sus intereses y eso es lo que permite o niega llegar a un acuerdo.
Del tintero
Peña Nieto tiene ante sí la oportunidad de redimirse, si aprovecha la coyuntura que representa Trump. El problema es saber si realmente está a la altura de las circunstancias, si puede romper su aislamiento y atender los reclamos y sugerencias que surgen desde distintos ámbitos, o seguir en su burbuja y actuar como en anteriores ocasiones. La semana que entra podremos responder esta interrogante.
@AReyesVigueras

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