El altar de muertos en el tiempo ritual

María Cristina Salazar Acevedo

“Mamá, ¡cómo sabe la tierra que ya vienen los muertos!”

Saulo mientras miraba el campo, 7 años

El día de hoy amanecen ya altares multicolores a todo lo largo y ancho de nuestro estado. El aroma del pan de muerto se fusiona con el de las flores de cemposúchitl y cresta de gallo colocadas en arcos o en floreros; las manzanas, tejocotes, guayabas, plátanos y nísperos perfuman el interior de las casas; las nueces, cacahuates tostados y jícama recién cosechada huelen todavía a tierra fresca; alimentos preparados de manera ritual –mole, tamales- desprenden olores dulces y picosos por las calles al igual que los aromas dulces de bebidas elaboradas ritualmente a base de cacao –chocolate, “espuma”, “chocolate-atole”-. Poco a poco el humo del copal y el de las velas y veladoras también se hace presente con su toque especial.

Esta fiesta de los sentidos alrededor de los altares es una parte de todo el ritual de lo que se conoce en Oaxaca como “la fiesta de Muertos”. El altar, como símbolo dominante, es el centro de una serie de acciones que conectan varios espacios: el campo, la casa, la calle, la plaza y el panteón, para reforzar los lazos comunitarios y familiares de los “vivos” y entre los “vivos” y con los “difuntos”.

Como ritual de paso, marca el cambio de estatus social: las personas que han pasado por esta vida, vuelven para ser rememoradas y ofrendadas en un nuevo estatus –en “alma” o “espíritu”-  mismo que les permite ahora dejar sus bendiciones para el nuevo ciclo de la cosecha. El altar como símbolo dominante, se convierte en espacio de interacción. Las niñas y los niños serán los encargados de ir al campo por “flores de muerto” silvestres de las que quitarán sus olorosos pétalos y con las que diseñarán una imagen –una cruz, una calavera- en la entrada de la casa y harán un camino de flores hasta el altar, conectando el campo  con la casa y convirtiendo la casa en un nuevo espacio ritual. Ahora la familia –particularmente las mujeres- elabora la comida que se dará a los invitados “vivos” y “difuntos”; todos comerán de las ofrendas del altar y también obsequiarán a sus familiares y compadres alimentos rituales.

El altar también es llevado a la calle al compartir frutas y dulces con las comparsas, personas disfrazadas de muertos o personajes misteriosos y horrendos, cuando pasen a pedir “sus muertos”.

Este símbolo central, como todos los símbolos dominantes en los rituales, tiene varias funciones, entre las que se destacan dos centrales: contribuye a dar un orden social y apoya a las personas para asumir las condiciones básicas de la vida humana. De esta manera, puede contribuir a que la familia que ha perdido a un miembro recientemente, pueda reconfigurar sus relaciones y dar un nuevo significado a las mismas. Igualmente, bajo una envoltura de alegría y placer para el sentido del gusto, nos recuerda la inminencia de la muerte, que afortunadamente, cada año puede ser vivida ritualmente en contacto renovado con la familia, los compadres y los amigos, dejando su luz y bendición para continuar el diálogo entre la vida y la muerte.

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