Adán Córdova: Acción Colectiva

Lo racional sería no votar, sin embargo, muchos votan.
Dr. Javier Aparicio.
Profesor/investigador del CIDE.

Uno de los temas de estudio con mayor interés de la ciencia política es sin duda la acción colectiva, aquella en la que dos o más sujetos tienen que tomar una decisión o participar en una acción y que generalmente tienen algo en común: trabajo, intereses, objetivos, metas o alcances.
El especialista de la División de Estudios Políticos del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), el doctor Aparicio Castillo resalta que para los estudiosos de las ciencias políticas lo trascendente de las decisiones colectivas es despejar las siguientes interrogantes: ¿Qué tienen en común los sujetos para formar parte de un grupo? ¿Qué los motiva a participar? ¿Qué sucede cuando todos los sujetos participan en esa decisión? ¿Qué sucede si no lo hacen?
Un ejemplo de una decisión colectiva en la que todos participamos es la jornada electoral.
Sin duda, todos queremos un gobierno que combata la pobreza, la corrupción e impunidad; mejore los servicios de salud, educación, genere empleos; mejore la seguridad y rinda cuentas, entre otros temas. Cada tema será prioritario en la justa dimensión en la que cada uno de nosotros lo ubique, pero para alcanzarlos de acuerdo con este supuesto, lo de mayor trascendencia es elegir al que será el responsable de encabezar esos trabajos.
Entonces, si estamos de acuerdo, lo primero que debemos decidir para elegir a ese funcionario sería si participamos o no en la elección.
Pero ¿Qué es lo que sucede para que la participación ciudadana cada vez venga a menos o se dude de ella? ¿Qué sucede para que líderes de opinión promuevan no participar, anular su voto o manifestar en la boleta su rechazo? (algo jurídicamente inexistente porque para la autoridad electoral sólo cuentan los voto bien realizados). ¿Por qué no participamos todos los ciudadanos en la elección? si consideramos que millones de ciudadanos mexicanos coincidimos en más de un 90 por ciento en los principales problemas del país y, todos sabemos que quienes participaran en las tomas de decisiones estarán en las boletas electorales.
El ciudadano está interesados en la elección y coincide en los temas en los que va a impactar, pero decide no participar bajo las interrogantes: ¿Qué gano si voy a votar? ¿Qué pasa si no lo hago? ¿Para qué voto si no sirve un voto? ¿Hará la diferencia en la elección? ¿O mejor apoyo a mi selección en su partido de fútbol contra Estados Unidos?
Es decir, el votar no genera más interés que ver el partido, por el contrario si va a votar, le generara gastos, tiempo, gasolina si se encuentra lejos de la casilla y, probablemente el candidato que apoye, no gane la elección y aun considerando que el candidato que apoye, gane la elección, no tiene la garantía que va a cumplir o que tiene un medio para hacer que cumpla.
Nos enfrentamos a una paradoja: queremos un mejor gobierno, mejores servicios públicos, pero no participamos en su elección.
Si se generara un modelo legal en donde el voto sea obligatorio; que se obtenga un beneficio en derechos u obligaciones por votar; un registro de las promesas y compromisos de campaña cumplidos por los candidatos electos; un modelo de evaluación y rendición de cuentas efectivo de los servidores públicos, en suma, que el ciudadano obtenga un mayor beneficio para ir a votar que ver el partido de fútbol contra Estados Unidos por televisión.
Todo proceso electoral debería ser cíclico, es decir, iniciar con la decisión del ciudadano en participar; conocer a los candidatos; sus agendas electorales; valorar la capacidad que tendrá para cumplir con sus promesas y la posibilidad para el ciudadano de contar con un procedimiento de evaluación del trabajo del servidor público, algo que para la mayoría de los ciudadanos no existe, aunque para algunos estudiosos del tema la reelección es considerada como la evaluación de los resultados obtenidos por el servidor público.
Podemos concluir que la acción colectiva inicia con la decisión individual de participar en ella; que el valor matemático de la participación de un individuo entre millones de ciudadanos es muy cercana a cero, que las decisiones personales generan acciones futuras que tienen un impacto en todos y, que la importancia de la participación radica no en su valor individual sino en el impacto colectivo.
(*) El autor es egresado de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca (UABJO), el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y realiza estudios de Análisis Político en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *