Yo no lo conocí.

Llegué un año después a ser maestro de esa escuela.

Pepe no tenía mamá, ignoro los detalles, simplemente ya había fallecido. Cuando llegó a la escuela a la edad de ocho años era un niño retraído y callado, no era agresivo, simplemente era un niño triste. No interactuaba con nadie, siempre solo y sin amigos.

Quiso la suerte que se encontraran, Pepe encontró a Adriana o Adriana encontró a Pepe, el caso es que se hicieron amigos. Adriana, la directora de la escuela que lo quiso como se debe querer a los niños y que con paciencia y mucho amor lo fue sacando del mundo gris en el que vivía.

Poco a poco se hicieron amigos, lo único que ella le dio al principio fue tiempo, tiempo para escucharlo. Luego le obligó a leerle, al principio no sabía. Pepe iba a la dirección a leer o a hacer la tarea del día de ayer, que por estar trabajando con su padre no hacía.

¿Pepe, por que no hiciste ayer la tarea? Pues es que había un chingo de trabajo y me pusieron a hacerlo. Pepe, no se dice un chingo, se dice: “Mucho, tuve mucho trabajo”. No maestra, no era mucho, ¡Era un chingo!.

Pepe, hijo de un comerciante del mercado, ambos serranos, recios, morenos. Acostumbrados al trabajo fuerte. Sinceros, como son la gente de Oaxaca. Callados como guardando secretos que llevan en el corazón desde siempre y solo se guardan para ellos.

¿Por qué no viniste ayer Pepe?, Pues porque mi papá andaba de borracho, era su respuesta. Pero no le diga nada, porque me chinga. Pepe, no se dice así, se dice: Me regaña. No maestra, no me regaña, ¡Me chinga!

La estrategia simplemente fue abrazarlo mucho, hablar con él, escucharlo y exigirle un poco, lo que se le exige a los demás niños, hacer la tarea y si no la hacía en casa, tenía que hacerla de todos modos.

Hazla aquí, pero hazla. No fue necesario nada más. Pepe poco a poco fue, a lo largo de un año, convirtiéndose en un niño de esos que juegan, que ríen y cuyo aprovechamiento escolar se convirtió en destacado.

¡Mire maestra, le traje un chingo de dulces, ayer hubo fiesta en la casa!.
Pepe: Muchos dulces, se dice: Muchos dulces.

Llegó el fin de año y el papá anunció que se lo llevaría a otra escuela. Adriana le pidió que se lo dejara, luego la súplica se convirtió en ruego. Déjemelo, si es por la colegiatura no se preocupe, le dijo, ¡Mire qué bien va en la escuela!, ¡Déjemelo!.

No hubo forma. Los oaxaqueños, también solemos ser obstinados, ni modo, así somos.

Último día de escuela, entrega de papeles.

Pepe llega y le da la mano a Adriana. No me quiero ir le dice, te quiero…mucho. Ni yo quiero que te vayas –le dijo ella- y para que no quedara lugar a dudas en el corazón de ambos, le aclaró con voz fuerte mientras le daba un abrazo como solo las mamás saben abrazar a sus hijos: Yo no te quiero mucho, ¡Te quiero un chingo!

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