Francisco Zúñiga

Para qué casarse, decía ella. Para qué, si ya estaban grandes.
A los 71 años no parece buena idea, y menos si el novio tiene 75.
Pero Eloy la convenció con un argumento simple:
-Aunque sea un día o dos, si somos felices, valdrá la pena.
Me lo contó Eloy el día de su boda con Armandina. Me gustó su historia, el caballero de 75 años que conoce y se enamora de una señorita de 71 años, la corteja a la antigua y al final la conquista.
Estuve en su boda, escribí algo de ellos y perdí el hilo de su historia de amor.
Hasta hace un par de meses, cuando Armandina pasó junto a mí y fue a sentarse en una banca frente a donde yo estaba.
La ví, y pensé que así se vería Penélope después de esperar inútilmente la llegada del tren, y a un amante que optó por hacerse viejo en otros brazos y que quizá nunca pensó en ella.
-Yo la conozco-, le dije como saludo.
Sonrió, porque creyó que no la recordaría. Nos sentamos a platicar como amigos de siempre. Me contó cómo fue después de la boda civil donde estuve, y como Eloy esperó hasta la boda religiosa para llevarla a su casa.
-Todo era felicidad, pero mi viejito nomás me duró 18 días
Quién iba a pensar lo proféticas de las palabras de Eloy.
Pero si dos o tres días era lo que la vida le daba, valía la pena. Entonces -pensé- 18 días fue un pedacito de eternidad.

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