José García Sánchez

Mientras Alejandra Barrales celebraba el 29 aniversario del PRD, en el Monumento a la Revolución, con poca asistencia y menos entusiasmo, en la delegación Gustavo A. Madero se adherían a Morena, a través del ex secretario técnico del CEN de ese partido, 12 mil 700 militantes del partido del sol azteca.
En Por México al Frente hicieron todo lo posible por llenar la explanada oriental del Monumento a la revolución, no lo lograron a pesar de la presencia de las estrellas de dicha coalición, como Alejandra Barrales, Ricardo Anaya, Miguel Ángel Mancera, Santiago Creel, Federico Doring, Manuel Granados, entre otros de segunda división en el perredismo en caída libre.
Jhonatan Jardines Fraire, quien encabezó al grupo que dejó al PRD, le planteó a Claudia Sheinbaum, candidata de Morena a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México: “El PRD nos falló y ahora sabemos que el camino correcto es Morena”, y agregó: “Mañana iremos a presentar nuestra renuncia”.
Por un lado el optimismo tan desbordado como injustificado, y por el otro con las puertas abiertas indiscriminadamente a cientos de ex perredistas, muestra que la izquierda tiene una gran mayoría en la capital del país. La izquierda en la Ciudad de México llegó para quedarse, ha cumplido con regularidad sus objetivos y otorgado libertades que el PRI o el PAN nunca imaginaron aprobar.
Los desertores de la izquierda, rara vez se encaminan hacia la derecha. Por un lado en la ciudad de México no hay oportunidades de tener un cargo; por el otro, la manera de trabajar es muy diferente, como si se tratara de dos países diferentes.
La izquierda trabaja con la gente en la capital, la derecha, con ellos mismos.
Es por ello que el PRI se ha radicalizado y en lugar de tener como candidato para gobernar la capital a uno de sus militantes, creado en la conciencia de la justicia social, adopta a un siniestro conservador en busca de las simpatías de los rancios.
Aquí lo que preocupa es que la cúpula del tricolor en el país y la capital no encuentra en sus militantes a personajes radicalmente conservadores, católicos, medievales y debe echar mano de otros que pareciera nacieron hace dos siglos. Ahí están sus candidatos adoptados en la Ciudad de México y la Presidencia de la república, son un par de ancianos jóvenes que defienden las ideas de hace un siglo y ellos las siguen practicando y predicando.
El PRI considera que todavía hay cierto número de familias muy conservadoras que quieren que todo siga igual siempre. Es decir, que nieguen el progreso porque en la transformación los propietarios del tricolor pueden perder muchos privilegios. Apostar por el conservadurismo es apostar por la inmovilidad.
El hecho de que el PRI haya escogido a dos conservadores habla de que la fuerza política más conservadora de México es el PRI; sin embargo, sus militantes dicen poseer el desarrollo, la modernidad y el progreso en un puño, así lo reiteran en todos sus discurso, cuando son ellos quienes tienen la vista puesta en el pasado.
EL PAN, que era la derecha, mostró apertura y se alió con una izquierda que si bien dejó de serlo en la mayoría de sus acciones aunque en el discurso sigue afiliado a esa corriente de pensamiento. Ahora la derecha, los conservadores, los que impiden el verdadero progreso son los de la cúpula del PRI.
La elección de René Juárez Cisneros así lo muestra. El PRI regresa a los tiempos de la nebulosa democracia, de los votos sin votantes, de los apoyos sin justificación, de los fraudes sin tapujos. El PRI pareciera despertarse cada día con un acelerado proceso de envejecimiento que no esconde. Retrocede ante la imposibilidad de entender el momento que vive.
La izquierda en la capital del país no sólo gana terreno día tras día, sino que deja en evidencia un conservadurismo que acusa falta de comprensión del presente. El PRI se atascó en el pasado de tal suerte que pareciera que las elecciones le estorban porque lo expone y porque lo distrae de sus labores que aparadas en ese conservadurismo, les implica grandes ganancias.

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