La oficina de las Naciones Unidas para la Prevención de Riesgos de Desastres (UNISDR, por sus siglas en inglés), afirma que no hay tal cosa como “desastre natural” sino “peligros naturales”. De esta forma, las decisiones humanas son determinantes para convertir los peligros en riesgos, especialmente aquellas elecciones relacionadas con la gestión ambiental, tal es el caso de la urbanización en zonas inapropiadas, eliminación de cubierta vegetal, obras de infraestructura o disposición inadecuada de residuos.

Es necesario considerar que las condiciones geográficas de nuestro país y, particularmente, de nuestra entidad, implican una alta susceptibilidad a la presencia de ciclones, huracanes, cambios bruscos de temperatura (fenómenos que en los últimos años se han acentuado a consecuencia del cambio climático), sismos y movimientos de tierra. Vulnerabilidad a la que, si sumamos los altos niveles de contaminación, degradación ambiental, desconocimiento de las zonas de mayor riesgo o falta de aplicación de las políticas de uso de suelo y planeación urbana (ordenamiento territorial), generan como resultado eventos catastróficos como los presentadas el año pasado en nuestra entidad: sequías en 411 municipios, con afectaciones a las actividades agrícolas y ganaderas; ciclones provocando la inundación de núcleos de población de aproximadamente 83 municipios. Posteriormente, los sismos del mes de septiembre, que generaron la pérdida de aproximadamente un centenar de vidas humanas y finalmente, las bajas temperaturas que hasta hace unos días, afectaron a 138 municipios. Estas situaciones, denominadas desastres naturales, término que se refiere a “cualquier evento catastrófico causado por la naturaleza o los procesos planetarios”. (1), son hechos lamentables qué en la mayoría de los casos, pudieron prevenirse o reducir la intensidad con la que afectaron, mediante la preservación ambiental.

La relación interdependiente entre medio ambiente y desastres naturales, implica que la conservación ambiental, especialmente el manejo de ecosistemas, permite a las poblaciones humanas contar con ¨amortiguadores naturales¨ que como su nombre lo indica, reducen el impacto de un fenómeno; tal es el caso de los manglares en zonas costeras, que reducen la velocidad e impacto de los huracanes y ciclones o la presencia de vegetación en la margen de un río, que minimiza la velocidad del agua y protege de inundaciones a las comunidades asentadas en las zonas colindantes. Lo mismo ocurre con los derrumbes o movimientos en masa, consecuencias de la pérdida de vegetación o establecimiento de infraestructura en zonas geológicas inestables y los incendios forestales, causados por la disposición inadecuada de residuos. De la misma forma, los desastres naturales contribuyen a la degradación de ecosistemas, suelos, calidad del aire o el agua y pérdida de especies. Es por eso que conservar al medio ambiente, es una de las mejores formas de prevenir desastres, como ejemplo de ello tenemos enfoques como la “Reducción del Riesgo de Desastres basada en los Ecosistemas” de la ONU.

Es cierto que fenómenos como terremotos, huracanes y temperaturas extremas, son impredecibles y escapan al control humano, pero en nuestras manos está establecer las políticas y acciones necesarias, para evitar que éstos fenómenos no culminen en desastres naturales, teniendo como aspecto medular a la conservación ambiental, tal como lo establece la Ley de Protección Civil y Gestión Integral de Riesgos de Desastres para el Estado de Oaxaca; al enunciar que la reducción de riesgos contempla entre otras cosas a “…la implementación de medidas de protección del medio ambiente, uso del suelo y planeación urbana…”. Para lograrlo, es indiscutible la necesidad de participación de gobiernos en los tres niveles y sociedad civil en general. Para lograrlo, les comparto algunas propuestas:

• Promover de forma urgente y coordinada, acciones para el manejo integral de cuencas, con especial atención a la reforestación y conservación de suelos y agua, como medida de prevención de inundaciones;

• Involucrarse en acciones de mitigación y adaptación ante el cambio climático;

• Incorporar en la toma de decisiones, a los instrumentos de planeación de uso del suelo y desarrollo urbano, para reducir el nivel de riesgo a las poblaciones e infraestructura urbana y productiva a causa de los desastres naturales;

• Elaborar y /o actualizar los Atlas de Riesgos, estatal y municipales, identificando aquellas zonas que por su grado de degradación ambiental, impliquen mayor vulnerabilidad ante riesgos naturales;

• Promover acciones de restauración de ecosistemas y áreas degradadas, especialmente en los márgenes de los ríos, zonas costeras o laderas escarpadas; y

• Definir procesos de información y participación social, para prevenir desastres naturales a través de la conservación ambiental, especialmente con aquellas comunidades vulnerables.

Sin duda #AhoraesCuando trabajar en metas de reducción de riesgos; porque la efectividad de un gobierno no se mide por su capacidad de respuesta a emergencias, sino en la efectividad de la prevención de desastres, teniendo en cuenta que conservar al medio ambiente, va más allá de un capricho; implica proteger la vida y la economía de un territorio.

(1) Centro Nacional de Apoyo para Contingencias epidemiológicas y desastres A.C.

 

La autora es Diputada Local en la LXIII Legislatura del Congreso del Estado de Oaxaca y Presidenta de la Comisión Permanente de Ecología

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