Considerado un artista de talla internacional que supo mezclar la tradición con la vanguardia pictórica de su tiempo, el pintor mexicano Rufino Tamayo, quien este 24 de junio es recordado a 26 años de su muerte, dejó a la posteridad un vasto legado artístico pero también el ejemplo de alguien que vivió por y para la pintura.
Con más de dos mil obras en su haber, diseminadas por todo el mundo, Tamayo es uno de los más prolíficos artistas del México del siglo XX, no en vano repetía a sus discípulos: “Si te gusta pintar, pinta todos los días y si puedes ocho horas diarias”.
Al cumplirse 24 años de su muerte, el renombrado artista plástico es recordado como creador de una poética única e inédita en la historia del arte moderno en este país.
La vigencia de su obra está presente en las múltiples exposiciones con las que es evocado en el museo que lleva su nombre y en las subastas de arte, donde sus pinturas son valuada en miles de dólares. Por ejemplo, el cuadro “La Familia”, subastado en Nueva York, alcanzó un precio de tres millones de dólares.
Rufino Arellanes Tamayo vio la primera luz el 25 de agosto de 1899 en la ciudad de Oaxaca; su padre fue un empleado, su madre una ama de casa.
De acuerdo con el perfil biográfico que de él publica el portal en Internet “oaxaca-mio.com”, durante su niñez el pequeño Rufino fue monaguillo mayor en la iglesia, en la cual además dirigió coros, por lo que algunos descubrieron en él cierta vocación religiosa, entre ellos sus padres, quienes llegaron a pensar que sería un notable cura.
Posteriormente, por decisión de la familia viajó a la capital del país, donde de acuerdo con las órdenes de su progenitor debía estudiar para ser tendero de libros.
No obstante, Rufino se reveló y en 1910 ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, antigua Academia de San Carlos, donde permaneció hasta 1919.
En 1920, el joven pintor ya había creado diversas obras, que revelaron una afinidad con la pintura de la época, aunque también mostraban su estilo personal caracterizado por los detalles nacionales.
La cronología del artista disponible en el sitio electrónico del Museo Rufino Tamayo “museotamayo.org”, destaca que a partir de 1930 y hasta 1939 en sus obras aparecieron naturalezas muertas y paisajes urbanos que lo sitúan en la línea de los descendientes del pintor francés postimpresionista Paul Cézanne (1839-1906).
Sin embargo, también fue influenciado por el cubismo de Georges Braque (1882 -1963) y su propuesta artística se distinguió por la exaltación del color.
Tiempo después, en los años 40, el artista mexicano se trasladó a Nueva York, Estados Unidos, donde radicó por cerca de 20 años y donde desarrolló gran parte de su arte.
En esos años también conoció Europa, al montar diversas exposiciones en París, Francia; Londres, Inglaterra, y Roma, Italia.
Con sus contemporáneos Jean Dubuffet (1901-1985), Jean Fautrier (1898-1964), Francis Bacon (1561-1626), Balthus (1908-2001) y Willem de Kooning (1904-1997) compartió afinidades y en una serie de telas violentas descubrió la facultad metafórica de los colores y las formas.
Ya para 1950, Rufino Tamayo había alcanzado reconocimiento nacional e internacional, prestigio que le valió la encomienda e ocho murales, entre ellos: “El nacimiento de nuestra nacionalidad”, “México de hoy” y “Homenaje a la raza india”.
En 1962, el artista regresó definitivamente a su país natal, donde finalizó seis murales más y obra gráfica, que reveló un refinamiento y una gran cualidad en relación con la terrosidad lograda en sus pinturas.
Los siguientes años de su vida, el artista se volcó a la creación pictórica y gráfica, para esta última utilizó diferentes materiales y el “collage”, con lo que consiguió texturas y calidades ilimitadas.
Dedicado a su gran pasión, la pintura, Rufino Tamayo murió el 24 de junio de 1991, a los 81 años de edad. No obstante, dejó un invaluable legado, que actualmente es disfrutado por amantes del arte, tanto nacionales como extranjeros.

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