Hay veces que el éxito produce tristeza. Hace unos días fui a una función del documental “El Paso” de Everardo González en beneficio de la organización “Mexicanos en Exilio”. El teatro estaba prácticamente lleno y eso fue el dato demoledor, ahí estaban los refugiados mexicanos que tuvieron que huir a El Paso para ponerse a salvo del crimen autorizado, de esa asociación perversa entre los criminales y el Estado.

La función fue exitosa, Everardo y la producción del documental tuvieron la generosidad de donar los fondos recaudados a favor de la organización, pero el ambiente se sentía pesado, carecía de la alegría de ir al cine. La gente no iba a divertirse, fue a ver su realidad plasmada en video.

El documental se trata de la dificultad que viven dos periodistas solicitantes de asilo político, del vía crucis que tienen que vivir después de solicitar protección humanitaria del país que se dice ser la democracia más avanzada del mundo.

“El Paso” muestra cruelmente que se puede estar tan cerca y a la vez tan lejos. Desde “El Paso” está el recordatorio cotidiano de lo que se perdió. Un periodista puede ver su casa en Juárez, en el documental se ve el letrero que indica hacia México sabiendo que ese camino no lo seguirá, que no volverá, no solamente porque sabe que ahí no le espera nada bueno, sino como lo dice su hija, porque ahí tiene miedo.

Desde “El Paso” se ve México muy cerca. Se ve el muro que parte a dos naciones, a una sociedad, y que extrañamente a ellos los protege de lo que era una muerte segura.

A uno de los periodistas el gobierno lo uso para hacer un espectáculo mediático por medio del cual lo puso en la mira de los criminales; al otro le mataron a tres sobrinos para que obedeciera la orden de callarse la boca y dejar de denunciar al crimen, mientras el gobierno fue omiso para protegerlo.

Cada mexicano que huye para salvar la vida es un recordatorio del fracaso del Estado de Derecho.

Según la ACNUR de 2000 al 2015 han solicitado asilo político en Estados Unidos 226,758 mexicanos, cifra que da escalofríos y que ambos gobiernos tratan de minimizar.

Uno porque le descompone su estrategia continental de dominio político (Plan Mérida), el otro porque demuestra con crudeza que no solamente el crimen está desatado, sino que el gobierno es incapaz de y no intenta proteger a sus ciudadanos.

Las causas fundamentales para solicitar asilo político tienen que modificarse porque resulta que quién persigue inocentes es el Estado cuya aquiescencia con el crimen genera un fenómeno llamado “Crimen Autorizado”. Y por eso no protegen periodistas, luchadores por derechos humanos, o a la sociedad que es acribillada porque vieron al malandro que utiliza los espacios urbanos para ampliar su negocio de destrucción y muerte.

Por eso se me rompió el corazón al ver a 200 víctimas soltar lágrimas al ver en la pantalla una historia que arruinó sus vidas. Lloré con la madre cuyos tres hijos fueron acribillados para callar a un periodista y con el hombre que con nostalgia entiende que no volverá a su humilde casa y su limonero.

El Paso es el retrato de la desgracia de un país cuya libertad se perdió bajo las garras del crimen tolerado por el Estado. Por eso no podemos dejar de repetir que fue el Estado, cuándo reconocemos la destrucción de tantas familias, de sueños truncados, de futuros destruidos, de niños cuyo trauma les evita tener amigos, o de resentir un cambio de casa y escuela anualmente que los sume en la desgracia, porque muchos son ubicados en programas para retrasados mentales porque no saben inglés.

“El Paso” muestra con crudeza el mundo del desplazado por la violencia, el sufrimiento del que se tuvo que ir y que aparte de la adversidad de haber sido arrancado de su mundo, tiene que luchar contra un sistema insensible y brutal que lo ve como criminal y lo reduce a la ignominia.

Hay migrantes expulsados por la pobreza, otros que se van teniendo buenas oportunidades en las manos, pero todavía no conquistamos el derecho de migrar y menos el de quedarnos en casa. La migración es la salida para muchos. Para los perseguidos es la única opción entre una muerte segura y ver su familia diezmada, o vivir la penuria para tratar de derretir el corazón helado de las autoridades estadounidenses y sus cálculos de dominio por encima del humanismo.

Samuel Schmidt es un escritor y periodista mexicano. Se ha destacado por su análisis de la situación política mexicana durante los últimos 20 años. Profesor en varias universidades, también ha colaborado con numerosos medios.
@shmil50

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